Pocas cosas producen más malestar a los historiadores que el esfuerzo de predecir o anticipar el futuro. Su tarea se ha reducido normalmente a tratar de predecir el pasado, con variable éxito, y si este esfuerzo menos exigente tiene dudosos resultados, la idea de hablar de aquello que ocurrirá parece de una soberbia ilimitada. En efecto, los teóricos de la historia han reaccionado con creciente energía contra la pretensión positivista de que el desarrollo histórico esté regido por leyes que permitan deducir los comportamientos futuros o la evolución venidera de la sociedad.