La exploración cinematográfica sobre el Mal en nuestro país ha sido casi inexistente. Los realizadores han pasado de un registro sometido a los lineamientos televisivos del melodrama a una explotación casi laudatoria del crimen. Los villanos, en una coreografía antropológica casi siniestra, se convierten en los héroes de una sociedad mancillada sin referentes morales claros.