El presente artículo busca acercarse al proceso de creación del departamento de Risaralda en 1966, y a la instauración de un nuevo poder regional a raíz del desarrollo de una movilización regionalista. Se plantea la eficacia de ésta, en tanto muestra de la existencia de un espacio social diferenciado, en el que una élite emergente logró establecer rasgos de solidaridad, identidad y cohesión particulares, consiguiendo dominar los equilibrios de poder regional tanto político como social.