Han pasado poco más de quinientos años desde el descubrimiento del continente que llamaron América y la invasión -dominación por conquista- occidental que le sucedió. Como consecuencia directa del desarrollo de este proceso América ha sufrido: la pérdida de la vida de miles de millones de sus habitantes, la extinción de pueblos y culturas, el despojo de tierras y riquezas, la deshumanización, la esclavitud, la dependencia; un largo e ignominioso etc. Sumado a lo anterior, paralelamente, aunque de manera paulatina, se impone la cosmovisión del conquistador-dominador, como también muchos otros de sus “productos culturales”, incluida la filosofía. Los preceptos filosóficos del mundo occidental fueron adoptados: estudiados, enseñados y practicados durante generaciones enteras permeando todas las huestes académicas de Latino América. Las diferentes perspectivas de pensamiento filosófico occidental dominaron, indiscutiblemente (sin que se mostraran irrupciones alternativas importantes hasta el siglo XIX), las reflexiones de la gran mayoría de filósofos del continente americano. Sin embargo, a pesar de la profunda y marcada influencia del pensamiento occidental, se comenzaron a entrever, después de la década del sesenta del siglo XIX, algunas luces –ideas- más claras que orientan el camino hacia la construcción de un pensamiento filosófico propio de Latino América.